domingo, 27 de octubre de 2013

Succŭbus


Esto no debería escribirlo ni mucho menos contarlo. Pero aquí estoy. Seguramente me arrepentiré. 

Estoy usando mi máquina de ecsribir y está es la última hoja que queda. No volveré a escribir esto: salga como salga. Espero que el lector crea al menos que lo viví, no tengo razón para mentir. Más bien. Podría la iglesia hacerme, si es que lo encontrara… pero dios como testigo ¡Lo único que quiero es esxplicar lo que pasó y nada más! 

El día de ayer transcurrió normal hasta la noche. Fui al bosque, pase por él en verdad, y la ruta estaba particularmente vacía.  La caminata era larga y la noche era oscura. El clima estaba de humor: lloviznaba. Una niebla cegadora, como las de los inviernos más fuertes, me rodeaba. Iba por la mitad del camino de tierra cuando vi a una mujer encapuchada. Es poco común que una joven esté en el bsoque sola. La luna ni se veía. 

Me acerqué a saludarla. No he hablado con una mujer hace mucho a menos que sea para un asunto del señor. Dios sabe que le he sido fiel. 

No podía ver su rostro porque estaba mirando al horizonte. De pronto, desenvolvió la lengua y la movió circularmente, como saboreando el aire. Era realmente larga, su lengua. Me quedé impactado y sinceramente, curioso. Nunca había visto a una mujer o a alguien comportándose así. Me acerqué dos pasos y le dije hloa, “hola”. Se demoró un rato en volvteear, y con la carente luz no había notado que su piel era  de color gris oscuro. 

Me quede inmóvil. Ella volteó y me miró fijamente. No era normal, estaba asustado pero s atraído. De pronto se quitó el velo y pude ver su cuerpo lleno de protuberancias de color escarlata y amarillo, como cuernos, que salían de varias partes de su figura humanoide. Me mantuve parado mientras ella se acercaba y sonreía. Tenía deintes realmente afilados, grandes, pero su cuerpo. Me ganaba la tentación, era inevitable verla. Levanté los brazos en una posición que me hacía sentir más seguro, cubriéndome y a la vez listos para reaccionar ante cualquier emergencia. Ella se acerco con los pies descalzos entre las piedras frías y suavemente puso su mano helada en mi espalda; un brazo alrededor de mi cuello. Me lamió la nuca con su lengua larga, delgada, aspera como la de un gato y tibia.

Me estremecí: todo mi cuerpo; es vergonzoso pero sentía atracción. Recuerdo que lamió mi oreja e introdujo su lengua en ella. Me frotó la espalda con sus pechos y sentí sus extensos pezones erectos a través de mi ropa. 

Antes de que me de cuenta, se perdió en un matorral espeso. Cerré los ojos y los abrí varias veces, grité para ver si me respondía. Fui a buscarla sin éxito. Es posible que haya sido una alucinación, pero nunca… fue muy fuerte. No he tenido problemas así antes. Hoy fui al bosque, al mismo lugar. Di un par de vueltas y no la encontré. Volveré esta noche; qué dios me perdone. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Flor de loto



Era el primer año que el pueblo tenía internet; lo habían instalado hace poco y, como todo, era un bien compartido. Había un modem por cada diez casas pero eso no era un problema, la mayoría no utilizaba una computadora. La residencia de Julio era una de las excepciones, su padre había adquirido dinero de una manera que no puedo detallar en este momento. Su padre sabía que él vivía pendiente de la tecnología. Era común de Julio revisar en la computadora lo más novedoso y divulgar sus hallazgos en la conversación de sobremesa. Fue por eso que le regaló un celular con una computadora adentro. Según lo que me han contado son el único tipo que fabrican ahora.

Su madre, como era de esperarse, estaba absolutamente preocupada. Julio siempre había sido un muchacho introvertido y era un error creer que la computadora celular iba a ayudarlo. “Sería un delito no darle a mi hijo lo que más le apasiona” pensaba su padre; y era tan difícil cambiar su postura. Una vez que pensaba en algo, la idea reposaba en su mente como una piedra de quinientos kilos. La madre sabía que ese aparato remarcaría los hábitos misóginos de su hijo, y si no era capaz de convencer a su esposo de eliminar el celular computadora, al menos debía llevarlo para que alguien lo trate.

 El psicólogo del pueblo no tenía título profesional, pero tampoco era un chamán ni nada de eso. Los chamanes envuelven el aire y te lo venden; te inflan un globo que a la semana se desinfla. Este señor no era así, hasta tenía un estilo freudiano. No es que apoyara sus teorías en Freud sino que se parecía a él, pero más pequeño y robusto. Un Freud gordito, moreno y chato: como una caricatura de Freud; sin intención de desprestigiar a ninguno de los dos señores. Me gustaría tener una foto para mandártela, su imagen es simplemente espectacular. 

“Necesita revisar todo lo que hace con los demás. Dependencia. Excesiva necesidad de aprobación y falta de confianza en si mismo.”

Era lo último que el psicólogo había escrito sobre Julio. Sabía que sufría una enfermedad mental: estaba obsesionado con su perfil en una red social que contenía a sus pocos amigos, y en gran parte, a muchos desconocidos. Con ayuda de la web confabulaba la imagen de una vida perfecta. Era como la utopía que se ve en un comercial de televisión: donde todos sonríen y los buenos siempre ganan. Una vida que es difícil no querer vivir;  una fantasía conveniente aunque inalcanzable. 

Julio no solo pasaba horas revisando la página web sino que malgastaba su tiempo tomándose cientos de fotos hasta considerar que una estaba apta para ser subida a su perfil on-line. Esto aborrecía a su madre hasta el cansancio; no aguantaba que su hijo sea incapaz de relacionarse con los demás jóvenes de su edad, los cuales jugaban en las calles como se acostumbraba en el pueblo. Era definitivo: el aparato lo había hipnotizando. Tanto así, que cuando realizaba una actividad, fuese cual fuese ¡La foto-documentaba y la subía a la página web! Le tomaba fotos a su comida, al cielo, e incluso a su rostro cuando le salía un grano; todo era expuesto a un público on-line que en su mayoría poco le importaba las aburridísimas “aventuras” de Julio. Sin embargo él seguía. Era una unión casi biológica: el celular computadora era un órgano más de su cuerpo biónico. 

La madre, preocupada hasta el cansancio, arrancó el modem de su cuadra y lo arrastró afuera del pueblo; donde lo boto al río que cruza debajo del puente. Tomó mucho tiempo hasta que alguien (además de Julio) note la falta. Para los vecinos el asunto concluyó en el misterio y el chisme, no en una investigación. 

Desde entonces, Julio paraba en la otra esquina a dos cuadras de su casa: sentado en la banca del desértico paradero viendo vidéos, tomando fotos y chateando. Era invierno y no le importaba estar afuera para obtener señal; varias veces se había enfermado. Una noche llegó con fiebre, mareos y vómitos: tuvo que pasar varios días en cama. Su madre aprovechó el descanso y rompió el aparato. Dijo que se había caído pero la verdad es que lo tiró al piso con fuerte intención. Para asegurarse de que había muerto, saltó y lo pisó como a una cucaracha ¡Y con los dos pies a la vez! La pantalla se volvió completamente ilegible. Cuando llegó su marido, consternado por la perdida del costoso artilugio, le preguntó sobre el accidente y ella le dijo que se había tropezado y caído con el aparato. Él sabía que no era así, que lo más probable era que lo había malogrado a propósito pero no tenía pruebas y carecía de suficiente estabilidad matrimonial para financiar esa costosa batalla.  

Desde entonces era evidente que Julio no era el mismo. Hace mucho que su conciencia se subió a un mail y se envió lo más lejos posible de la bandeja de entrada. Era parte del mundo electrónico, de imágenes y luz, conversaciones escritas en un rollo infinito. La ciudad estaba fuera del alcance de su antena: era un lugar oscuro y lento, enredado, aburrido, doloroso y feo. “Especialmente feo” pensaba.

Pasaron años de terapia con el Psicólogo Freudiano para sanar la aversión que sentía; había una costra infectada que no le dejaba emprender camino. Fue aprendiendo,  hasta que poco a poco el cerebro pudo desenvolver sus tentáculos y expandirse lentamente por la superficie de la realidad. Como una enredadera fue abrazándola y creciendo en similitud a su forma. Desde ahí no pasó mucho hasta que del hueco de la herida emergiera una bellísima flor de loto.









miércoles, 16 de octubre de 2013

Versos de narrativa impúdica


Hace muy poco, 
una ardiente actriz inmigrante del congo, 
Trabajaba para un loco director porno,
En los estados unidos;
Por mucho menos de lo que vale un corno.  

Especializada estaba,
En los deseos carnales,
Pues la diosa se mostraba,
Perfecta para los sementales.

Una licenciatura tenía,
En lengualogía y nalgología,
En general:
Una experta en analogías. 

Pero una terrible filmación,
Grabada en una mansión,
Tuvo fortuito accidente de acción.

¿¡Qué causo la muerte del dulce bombón!?

Fue la caída desde un Tercer Piso
Salió volando de la ventana al liso, 
por rebotar tanto como quiso. 


Como si nadie lo hubiera notado,
Un hueco en el jardín fue cavado,
La diosa y su poto fueron ahí enterrados;
el set alquilado,
rápidamente fue abandonado.


Nunca la encontraron,
No mucho la buscaron,
y la mansión fue remodelada,
pronto en venta estaba. 

La compró una pareja de ricos,
Un hombre milico,
Y una señora de poto chico.

Una pareja formal, 
reservada y asexual.


Era la primera noche
Y en la cama pasaban roche.


Por desgracia del soldado,
Que buscaba sexo bien armado.


El joven marido imaginaba,
Y su sangre se aceleraba.

Pero la señora no daba,
Dolor de cabeza se quejaba.

¡Pobre milico!
El pantalón mucho le incomodaba,
Qué terrible le apretaba.

De pronto,
un peso lo dejó tonto,
Pues encima de él,
Yacía un grande y moreno poto redondo. 

Cabalgaba y cabalgaba, 
Y aire frío emanaba, 
el poto salvaje,
Que sin torso le daba ultraje. 

La señora espantada,
Al poto golpeaba.

Hasta que una cabeza flotante,
Se encargó de su delante.

Así ellos disfrutaban,
Y todas las noches amaban.

La doncella re-potenciada, 
Para el acto de amar,
Que luego de su muerte,
Aún adoraba. 








domingo, 13 de octubre de 2013

Máscara de diablo


Manuel Goodwill era un detective peruano de apellido importado que amaba fervientemente las novelas de asesinatos. Hace poco que lo habían contratado para resolver crímenes y dado que la facultad deductiva de los anteriores detectives era ínfima, se ganó rápidamente el respeto de sus compañeros. Si le preguntases a cualquiera de los empleados de su área te dirían: “es un gringo sencillo”. Y pues, realmente lo era. No era rubio y menos siquiera estadounidense, pero era blanco como un diente de leche y de una mirada peculiar, inquisitiva pero a veces completamente vacía. Era una persona muy dedicada a su trabajo, un sujeto responsable y comprometido lo cual hacía que nadie sospechara nada. Era muy listo para ser atrapado, demasiado pulcro en su accionar y tan frío y calculador como una calculadora dentro de un refrigerador. 

Pero pocos sabían que Manuel Goodwill manejaba un carro negro de lunas polarizadas en la noche y cometía los más espantosos crímenes que hubiera conocido la ciudad. Usaba una máscara andina de lana que hacía referencia al diablo con dos pequeños cuernos felpudos que sobresalían de su frente. Una pistola lo ayudaba a retener a las víctimas mientras que con un aparato, parecido a un celular pero con labios de plástico rojos,  disponía amablemente a descargarles cuatrocientos voltios, usualmente: en el cuello. Luego, el aterrorizado ex-transeunte despertaba en diversas situaciones, según el humor de Goodwill. A veces los ataba de cabeza en un estanque que contenía una piraña sola y hambrienta; la cual saltaba y mordía el pelo, partes de la cara, y, según el humor de Goodwill, otras partes desprevenidas. Otro juego del bandido era cortarle el pelo a la víctima de la forma más extravagante, tomarle una foto y subirla anónimamente a internet, en donde miles de personas se burlarían. El juego que más resaltó en la web, y el que solía hacer con mayor frecuencia, era el de dar varias dosis de L.S.D. al prisionero, vestirlo como el sexo opuesto y dejarlo durmiendo en una banca en un parque público altamente transitado. Una vez despertada, la víctima estaba en el punto máximo del viaje psicodélico. Goodwill filmaba sus reacciones y las subía anónimamente a internet. ¡Y con mucha popularidad! déjenme decirles. La mitad de la ciudad lo odiaba pero alrededor del mundo lo amaban, en especial los fans de comics. Era un villano que parecía salido de una historieta de “Batman”, pero real y definitivamente más inofensivo. Un completo espectáculo viviente. Y claro, esto no ayudaba en nada a las autoridades que trataban de censurar los videos, con poquísimo éxito. Todo indicaba que el caso se iba a quedar sin resolver.  

Cuando alguien quería ayudar en el caso y pedía la ayuda de Goodwill… salía más confundido de lo que estaba cuando había empezado. La primera investigación en años que no tuviera la supervisión del doblecara del “gringo” (conocido por nosotros como el diablo, es decir, el maldito Goodwill) y que fuera completamente aislada, la manejó un joven recién ingresado a la comisaría. Nadie excepto el jefe sabían; así es que nadie lo sospecharía. Un verdadero trabajo encubierto, lo que el joven siempre quiso.

 Pronto el nuevo detective de iniciativa detectivesca se le ocurrió contratar a un hacker para descifrar la locación de la persona que subía los videos. Lastimosamente el hacker fracasó. Sin embargo, se contrató a otro  hacker, que al igual que el anterior, fracasó (aunque este cobró sin escrúpulos el sueldo de su fracaso y con eso, parte dura del presupuesto inicial). Como último intento contrató a un sujeto gordo y de lentes redondos que prometió averiguar a toda costa la fuente del video (ya que estaba amenazado; si no lo hacía no cobraba). Luego de varias empanadas, cigarros, una cerveza y mucha impaciencia, la dirección de donde se había subido uno de los videos más recientes fue averiguada. Era una cuenta de I.P. que estaba anexada a varias computadoras de un mismo local. Todo indicaba que era una cabina de internet, un establecimiento llamado “I@N-TERNET”, que daba alusión al nombre del jefe del local. Claro, pero no sería tan fácil. El seudo detective con iniciativa fue y averiguó lo que pudo, es decir: nada. Ian, con una voz apagada y chirriante, le contó al investigador en cubierto que “La mayoría de mis clientes son jóvenes que no saben hablar con chicas ¿No?” - se ríe -  “y bueno, vienen acá a jugar… a veces a ver porno. A esos chicos los boto y no los dejo entrar nunca más…(silencio)… porque manchan las sillas y el teclado.”

Como digo, nada de información sobre el caso. A parte, el hacker con sobrepeso, que ya había descodificado un segundo video, averiguó que este viene de un lugar completamente distinto. “El bromista no es cualquier tonto” concluyeron. Era imposible atraparlo, o así parecía. Siempre usaba una cabina distinta, y mientras su nombre de usuario sea anónimo no tendrían más información al respecto.  Así que tomó otro camino, decidió tenderle una trampa. Averiguaron sobre las víctimas, sus paraderos y descubrieron que últimamente solo atienta en contra de un sector específico: los transexuales (a pedido del público en internet claro). 

- Entonces solo les daba L.S.D. a los transexuales, no les cambiaba de ropa. - Dijo el inflado Hacker.
- Les pone ropa según su género. Los pobres respondían exaltados al verse nuevamente en su propio sexo.
- ¡Qué enfermo!

¡Esto es terrible! Pero ¿Me creerías si te digo que le pagaron al hacker para vestirse de transexual y caminar la ruta donde comúnmente ataca el maldito? Si yo sé, no me creerías y es porque en verdad no lo hicieron. ¡No hay presupuesto! Lo hizo el encargado de la investigación, el detective con iniciativa detectivesca, el joven encubierto pero medianamente no más, y con ropa femenina; se dispuso a esperar en una de las esquinas donde más atracos se habían dado, a la hora promedio en que se daban y… ¡Pues nada! La primera noche le silbó un sujeto y varios otros lo trataron de contratar. “Tan mal no me iría en esta chamba” pensó, pero no se dejó levantar porque aún le quedaba dignidad y un maldito cabrón por atrapar. Fue difícil, pasó una semana entera vestido como mujer, ya usaba tacos con la habilidad de una modelo de pasarela cuando de pronto se encontró un carro oscuro, con lunas oscuras y un diablo al volante; era la hora. El diablo se bajó por la puerta, el/la detective encubierta trató de sacar la pistola de su cartera brillantina, pero antes de que lo logre, el diablo desenfundó un arma y lo apuntaba a matar. De ahí el joven no recuerda nada, despertó en un parque y sus primeros pensamientos fueron los siguientes:

“¿Cómo salgo de este  zoológico? Espera, no, esto no es un zoológico, esto es un… ¡Waaa!…¡Aah! ¡Aaaaah!”

Fue rescatado y llevado a la comisaría poco después, vestido como hombre por supuesto, ya que el diablo pensó que era un transexual. Pasó dos días en cama recuperándose. Poco a poco fue notando marcas de mordidas en la frente, varios moretones en el cuello, una dificultad extraña para ir al baño y dolor corporal en general. Su dignidad estaba en el piso; al costado de los tacos. Pero ya sabía cómo accionaba, esta noche saldría por él. Pero no lo llevaría a la comisaría, no señor. Se había comprado una máscara de orejas largas y puntiagudas, de dientes afilados, ojos marcadamente irreverentes y dos pronunciados cachos que se hundían en el aire como una larga pinza de escorpión. 











jueves, 10 de octubre de 2013

Walmart


Debajo de su larga cabellera blanca yacía el cuerpo de Argus Robertson, un hombre de ochenta y tantos, amante (o más bien, reciente ex) de Ariana Waltmart. Ambos oriundos de los estados unidos y actuales residentes de la lima peruana que nosotros conocemos.
 Hace ya veinte años que se habían mudado para escapar de un atraco que Argus Roberston le había cometido a su jefe. Resulta que el jefe de Argus, que usualmente lo confundía llamándole Arguson (porque le recordaba a un personaje de un cuento que alguna vez leyó, sobre un jefe que adrede confundía el nombre de un tal señor Argus y lo llamaba Arguson), lo trataba como a un maldito animal de circo. El pobre Argus tenía un trabajo de ocho a cuatro en un Walmart. Horrible ¿No? Y pues, a sus sesenta años, no podía conseguir algo mejor. Intentó postular a diferentes cadenas pero su “Absurdículum Vitae”, como el le solía llamar en broma (y por dios ¡Qué pésima broma!) no lo llevaba a ningún lado. 

Ariana Waltmart, la actual esposa del jefe de Argus (ya que, legalmente, nunca se llegaron a divorciar) y que por mera casualidad tenía ese apellido y no era que su esposo sea el dueño real de Walmart, creaba mucha confusión. Ninguna amiga o amigo del jefe de Argus la llamó alguna vez como Waltmart, con la “T” bien puesta. No señor, eso fue imposible. Ella era la señora Walmart, algo que detestaba profundamente.
Ariana vio en Argus a un pobre trabajador, un gran hombre, pero un pobre trabajador del cual se compadecía. Por otro lado, su esposo era un miserable mujeriego que seducía a cada esperpento que entraba a su tienda. Lo peor es que se vestía con una actitud, de pies a cabeza, de jefe de tribu/macho alfa, aunque el hombre tan solo midiera una cabeza menos que un adolescente promedio y en consecuencia mirara a la gran mayoría de sus clientes de abajo hacia arriba. Lentes de sol gruesos y un bigote bastante poblado eran su máscara, la cual escondía a este repugnante ser que hasta usaba varias medidas más que su talla original de zapato en un intento de seducir con el morbo a la audiencia femenina. Además era costumbre suya usar una media felpuda que enroscaba en su calzoncillos todos los días. Ariana, una mujer lista, atenta y buen moza, lo detestaba. Fue el peor matrimonio al que se pudo ver involucrada y que cuando lentamente fue perdiendo la fe cristiana, mayores fueron sus ganas de divorciarse. Un caso perfecto para dibujar un gráfico inversamente proporcional donde “Y” sería “fe” y “X” vendría a ser “ganas de continuar casada”. 

Ariana solía hablar con Argus Roberston dentro del trabajo, fuera de él y claro, también durante sus larguísimas sesiones amorosas que para dos personas de su edad, en proporción, resultaban olímpicas. Argus era un hombre resistente en el campo venus, era como un vibrador biológico, mágico y en cocaína. ¡Maldita sea! Sorprendentemente nadie se daba cuenta. Eso que te acabo de decir es mentira, porque en verdad todos se daban cuenta. Todos, toditos, menos el jefe de Argus, que obviamente estaba ocupado seduciendo a cuanta silueta femenina entrara en su local. 
No sé si debería contarte esto, aunque creo que ya no me queda de otra. Argus y Ariana… mataron al jefe de Argus. Técnicamente Argus lo mató. Te imaginarías que a parte de sexo-maniaco y cuasi pedófilo, el jefe de Argus era un gran bebedor y un viejo obstinado y violador, y que, por venganza o defender a Ariana, Argus lo mató a puñetes o algo así. Eso es lo que te imaginarías, pero no fue así. 
Resulta que Ariana y Argus tenían sexo en el automóvil del jefe de Argus, que se estacionaba en la parte trasera de la tienda en un callejón donde a lo máximo se echaba un vagabundo; el cual siempre se ganaba con toda la faena sexual. Era un viejo barbudo y pervertido, si le hubieras preguntado te diría que era como ver porno pero en vivo. Bueno, resulta que el jefe de Argus por fin logró seducir a una joven que decía tener dieciocho años y era algo bonita, digo, gordita. Concretó su acto don juanesco diciéndole que deberían escuchar música en su carro, un disco de James Brown que estaba bastante de moda en la época. La joven, semejante a un panetón, atracó, y el miserable sujeto se la llevó por la puerta de atrás. Cuando la chica salió, el jefe de Argus trató de besarla inmediatamente, la chica espantada intentó soltarse y comenzó a gritar. Simultáneamente, los gritos de desesperación del  rechoncho dulce horneado alarmaron a la pareja infraganti, que inmediatamente subieron sus costuras; en un intento desesperado de escape, después de alertar que pasaba, Ariana arranco el carro y pues atropelló a su marido. Fue algo completamente casual, la gordita trataba de escaparse, el jefe esposo la perseguía y la señora Waltmart arrancó sin ver. "Sin ver". Los dos bajaron a ver y Argus sugirió ávidamente, ya que el señor esposo de Ariana jefe de Argus se encontraba en la mitad del carro (lo cual no lo dejaba respirar), que Ariana retrocediera. Al hacerlo, pasó por encima del cráneo del señor esposo y lo mató. Nadie podía asegurar si fue a propósito o no pero Argus asumió la culpa por completo. Pobre ingenuo. 

La chica panetón lo había visto todo y salió corriendo. Parecía medianamente contenta pero a la vez bastante asustada, nada aseguraba que no le contaría a nadie. “¿Y qué tal si nos vió? Sería un desastre” pensaría luego Ariana. La señora Waltmart (con “t” bien puesta) sugirió hacer un cambio. Mudarse ¡Pero ya! Era sencillo, cuestión de obtener la clave a la cuenta del pedófilo bigotudo y llevarse todo lo que había ahorrado en los últimos veinte años. Eso, y estaban listos para vivir como millonarios. Pero no podía ser en los estados unidos, según Argus el gobierno norte-americano los encontraría en cualquiera de los estados pertenecientes así que no podía ser cerca. Ariana por su lado había escuchado que en los países sud-americanos todo estaba más barato.

- La verdad no es que Perú tenía algo en especial - díria Argus con un fuerte acento gringo - hicimos como una ruleta. Lo echamos a la suerte.

No te voy a seguir contando de sus vidas, no vale la pena. Cómo despilfarraron el dinero que se llevaron de la cuenta del esposo/jefe pedófilo es minucioso y aburrido. Lo que importa es lo siguiente: Argus y Ariana se comenzaron a odiar. Fue algo progresivo que llegó a cruzar el límite de lo insoportable. No se sabe si fue el entupido tráfico o el permanente y melancólico cielo limeño, pero así resultó, se detestaban y aunque los dos se querían separar había una riquísima cuenta de por medio. “Claro, pero porqué no separaban la cuenta en dos?” pensarás. Bueno, es que Ariana se había gastado mucho más dinero que Argus, y él la resentía ya que es un "tacaño desmedido" (en palabras de Ariana). Además, la señora Waltmart no quería darle la mitad del dinero a Argus ¡De ninguna manera! Ella quería quedárselo todo. Así que un día se le acercó cuando llegó a casa y le dijo:

No te quiero ver más. Ha sido un viaje extraordinario pero si te veo mañana en casa te mato. No te aguanto. No te aguanto un carajo Argus.

“Carajou”. Se lo dijo en español masticado. Sabía que a su maquina sexual le gustaba el acento y quería que suene medianamente ameno, pero no contaba en que su amante nunca captó el mensaje y que en general, jamás había entendido el idioma. Y dios, eso resultó en lo peor.  Ariana, una mujer de su palabra, trajo un revolver al día siguiente y le descargó en el pecho dos balazos que retumbaron el pequeño edificio miraflorino. Luego empacó una maleta y se fue. 
Hermosa Ariana, a sus ochenta años de edad, con el pelo largo y blanco, en una moto grande y negra, con rumbo a donde la lleve el destino y una maleta roja que decía Walmart, que contenía todo el dinero de la empresa y a la que le había dibujado una "T" con plumón negro indeleble para asegurarse que jamás se borrara. 





viernes, 4 de octubre de 2013

Hola chicos ¿Quieren que les cuente un cuento de ciencia ficción?





“El hambre me devora…”

Leyó la frase en el libro electrónico (de esos que sacaron cuando se dejó de usar el papel) del señor del costado. No sabía si lo iba a interrumpir o no, pero quería conversar. Ya iba media hora de viaje y solo habían intercambiado el saludo gratuito  que  le dio cuando ubicó su asiento. 

-  Señor, el viaje será largo ¿no? - dijo nervioso

El señor, que no era tan señor sino más bien señorito, despegó la vista del libro, lo miró directamente a los ojos y reposó su ausente mirada nuevamente en la lectura. Estamos hablando aquí de un chico de unos diecisiete años aproximadamente, pelo largo descuidado y oscuro, ojos marrones realmente opacos. Si hubiera tenido goma de mascar la hubiese mascado, desinteresada y bulliciosamente. Esa era al actitud que emanaba. Quizá no lo hubiese hecho en realidad, pero eso es lo que uno sentía que haría. Era por su aspecto que en general que se veía descuidado, como cualquier maldito adolescente normal. Lastimosamente (para él) aún no le crecía la barba y eso le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, el chico que se sienta al costado, a su corta edad, no podía distinguir entre un adolescente sucio y un señor.

- Sí - dijo el adolescente entre dientes

Karkat, el pequeño niño, sintió el silencio y le resultó bastante incómodo. A su edad uno ya comienza a sentir esas cosas.

- Nunca me había subido a un bus espacial. 

El señorito adolescente abandonó su lectura. Realmente resignado apagó su equipo, sabía que no iba a poder continuar mientras le hablen y que el niño no se iba a callar así por así. Malditos niños. Le hubiese gustado tener un dulce, en verdad varios, y dárselos para que se calle. Pero no, solo tenía una cajetilla de cigarros espaciales que de espaciales no tenían nada excepto el logo y que, según dice en la parte de atrás de la cajetilla, es la más refinada selección de tabaco plantado en Marte. Se supone que ahí el tabaco sale mejor, que la intensa gravedad marciana compacta los contenidos de la planta y crea un sabor intenso. Pero claro, lo leiste en un artículo que lo publico la misma empresa así que no les crees un carajo. 

¡Cómo sea!

El niño aún te mira esperando la respuesta, y como ha pasado suficiente tiempo para que vuelva a sentir el silencio incómodo, te ha comenzado a hablar. 

- Porque… ¿Porque los buses son triangulares? 

No sabes la respuesta. Pero es una gran oportunidad para inventarte una. 

- Mira, es porque, si chocamos con un asteroide, el asteroide se cortaría en pedazos - Lanzas lo dicho con un aire de intelectual realmente barato. Ningún adulto, ni siquiera un adolescente te hubiese creído. Sorprendentemente, has asustado al chibolo. No querías hacerlo pero así pasó. Deben ser películas populares como “Asteroide 2300” o “Hemos vivido” que revuelven su imaginación y lo espantan. ¡Rápido, piensa en algo!

- Escúchame, pero no pasa nada, los rompen sin problema. - Aseguras con una confianza igual de barata que tu aire de intelectual. 

Tener dulces en este momento sería de lo mejor ¡Lástima! ¿Qué podría pedir una persona para compañero de viaje? Si, una joven adolescente igualmente descuidada y con la misma actitud. Sería hermoso. Lo piensas unos momentos mientras alucinas las curvas de la mujer hipotética. Coño, sería lo máximo. Jeans rotos, pelo largo y negro y sucio, pero poco no más. Y zapatillas apestosas. No sabes porque te gustaría eso, pero te parece realmente excitante. En total, una mujer guerrera. Ya, calma, que tener una erección en este momento sería: no solo poco apropiado, pero realmente incómodo y además pensarían que eres un pedófilo. Probablemente te intentarían botar del autobus espacial. No espera, no podrían, porque eso te mataría. "Si lo intentan hacer les doy pelea" te aseguras. Pero lo más probable es que te dejen en la siguiente estación. Trata de pensar en una chica muy fea ¡No! Mejor aún, piensa en un chico gordo y peludo y sí, el poto de un chico gordo y peludo. Ya está. Problema resuelto.

- ¿Me das un permiso? Voy al baño - dice el pequeño querubín.

Dale un permiso al chico. Bien. Ya no quieres leer. Todo el viaje ha sido arruinado por tus pensamientos morbosos y el maldito niño. Miras por la ventana espacial, digo redonda, y ves la inmensa manta negra que es el espacio. Miles de puntos en un terno oscuro, como la caspa que por un tiempo tuviste. Es realmente aburrido. Todo te es aburrido. “¡Sáquenme de aquí! este viaje es una gran mierda” es exactamente lo que estás pensando, porque no querías ir a visitar a tu padre a Europa. Aunque no hayas visitado todas, las lunas de Jupiter te parecen de lo más aburrido y Europa no es una excepción. 

De pronto suena la alarma y una luz roja tintineante inunda el lugar. Ves por la ventana espacial redonda y ¡No lo puedes creer! Aparentemente van a estrellarse contra un asteroide. ¡Oh, la ironía! Si existe algo llamado cielo no vas a tener la cara de explicarle al pequeño que se sienta a tu costado que le mentiste acerca de la forma destroza-asteroides del autobus espacial. Esto si que es una mierda. 

Una voz robótica emite: PREPARENSE PARA EL IMPACTO. PREPARENSE PARA EL IMPACTO.

El sonido agudo de alarma suena, la típica alarma que suena en todas las películas. Esa alarma que te imaginas en este momento, amigo lector. El adolescente no lo sabe, pero ese tipo de cosas no han cambiado mucho desde hace doscientos años aunque seguramente lo último que quisieras escuchar antes de morir es ese sonido espantoso. “Es hora de despedirme de mamá, le dije que visitar a papá sería una gran mierda” es lo que piensas. Pero ese pensamiento desaparece rápidamente cuando el impacto retuerce la nave y mata a todos adentro. 

Y colorín colorado este cuento ha terminado. 

Cierras el cuento de pequeñas historias espaciales que te regaló un amigo para que le leas a los niños en clase. Sus caras te informan que ha sido una pésima elección. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

La bola de billar negra

Estaba yo en mi cuarto, como siempre, echado sufriendo una terrible asquerosa maliciosa resaca que hacía que me duela la cabeza con tan solo mirar afuera por la ventana y desenfocaba mi visión cuando hacía el mínimo esfuerzo para concentrarme en cualquier cosa. Leer hubiera sido imposible. En eso recordé una pequeña bola negra que vi ayer... ¿Una bola negra? como de billar... ¿En qué momento fue eso? 

Ya, estaba en el bar que tocan death metal a eso de las diez y me quedé hasta las once y algo porque nos fuimos ¿Quiénes? no recuerdo. Estaba Carlos y también Jorge, no los veía hace un culo de tiempo y menos aún juntos. Sí, era ese grupo de amigos... y yo me quería ir porque me iba a encontrar con Daniela en el bar Rojo a eso de las 12 y algo, iba a llegar tarde para que ella este borracha y yo menos. No salió así, yo estaba ya muy borracho y solo eran las 11.

Daniela, pelo largo negro en ondas hermosas nariz medianamente redonda y respingada y tes blanca como la maldita nieve que nunca en mi vida he visto (excepto en algún programa de televisión). A Daniela se le ha dado por lucir su curvatura (que no es waw) en ropa gótica, en un estilo que resalte la onda hipster que ya viene arrastrando un tiempo. Me encanta, no podría encantarme más, especialmente desde que se puso ese arete en el labio superior y varios más en las orejas. ¡Cómo sea! a eso no iba... llegué al bar Rojo, llegué a Daniela y me le acerqué, me abrazó, le planté un beso en el cachete como saludo de entrada y sin vergüenza (dios que genial es no tener vergüenza para esas cosas) aunque sea gracias al alcohol, claro. 

Ya... ¿Pero qué pasó?... claro salimos del bar como a las dos a concretar lo que mi canción favorita de este año (get lucky) canta. Es decir: tener la suerte de que una chica guapa atraque ir a un hotel y disponer de sexo medianamente salvaje. Pero no llegamos... no debí haber tomado tequila. Ni cagando debí haber tomado tequila. 

Nota mental: no tomar tequila después de tomar otros tragos.

No mierda... le vomité... claro ¡Le vomité! Y el taxista. Ya claro, estuvimos en la calle un rato, ella limpiándose y ni había un grifo cerca y a penas pasó un taxi se fue. No se hizo tanto roche por lo de vomitar, por suerte, es una guerrera esa mujer concha su madre cómo amo a las guerreras. Pero no quiso regresarse conmigo, la entiendo, yo tampoco hubiese querido. 

Ya... la pelota ¿Dónde mierda fue eso? Me quedé caminando un rataso porque por mi aspecto nadie me quería recoger, hasta que entré a un grifo... claro, y me lavé. Un poco al menos ¡ja! Tengo un par de fotos en mi celular hecho una mierda en el baño del grifo. A ver... sí. Pero la pelota ¿En qué momento? no fui a una mesa de billar, ni cagando, nunca he ido a esas huevadas. ¡Aaaah! ¡Ya! claro. Salí y me metí por un callejón para cortar camino y un huevón me metió un puñete en la barriga, me quitó... ¡No me quitó mi ceeeeel! ¡No me quitó mi ceeeeeeel mierda no me quitó mi cel! Qué huevón para ser ratero al menos buscas todos los bolsillos. Su polo, su polo tenía una bola de billar negra con un ocho. Concha su madre.