domingo, 13 de octubre de 2013

Máscara de diablo


Manuel Goodwill era un detective peruano de apellido importado que amaba fervientemente las novelas de asesinatos. Hace poco que lo habían contratado para resolver crímenes y dado que la facultad deductiva de los anteriores detectives era ínfima, se ganó rápidamente el respeto de sus compañeros. Si le preguntases a cualquiera de los empleados de su área te dirían: “es un gringo sencillo”. Y pues, realmente lo era. No era rubio y menos siquiera estadounidense, pero era blanco como un diente de leche y de una mirada peculiar, inquisitiva pero a veces completamente vacía. Era una persona muy dedicada a su trabajo, un sujeto responsable y comprometido lo cual hacía que nadie sospechara nada. Era muy listo para ser atrapado, demasiado pulcro en su accionar y tan frío y calculador como una calculadora dentro de un refrigerador. 

Pero pocos sabían que Manuel Goodwill manejaba un carro negro de lunas polarizadas en la noche y cometía los más espantosos crímenes que hubiera conocido la ciudad. Usaba una máscara andina de lana que hacía referencia al diablo con dos pequeños cuernos felpudos que sobresalían de su frente. Una pistola lo ayudaba a retener a las víctimas mientras que con un aparato, parecido a un celular pero con labios de plástico rojos,  disponía amablemente a descargarles cuatrocientos voltios, usualmente: en el cuello. Luego, el aterrorizado ex-transeunte despertaba en diversas situaciones, según el humor de Goodwill. A veces los ataba de cabeza en un estanque que contenía una piraña sola y hambrienta; la cual saltaba y mordía el pelo, partes de la cara, y, según el humor de Goodwill, otras partes desprevenidas. Otro juego del bandido era cortarle el pelo a la víctima de la forma más extravagante, tomarle una foto y subirla anónimamente a internet, en donde miles de personas se burlarían. El juego que más resaltó en la web, y el que solía hacer con mayor frecuencia, era el de dar varias dosis de L.S.D. al prisionero, vestirlo como el sexo opuesto y dejarlo durmiendo en una banca en un parque público altamente transitado. Una vez despertada, la víctima estaba en el punto máximo del viaje psicodélico. Goodwill filmaba sus reacciones y las subía anónimamente a internet. ¡Y con mucha popularidad! déjenme decirles. La mitad de la ciudad lo odiaba pero alrededor del mundo lo amaban, en especial los fans de comics. Era un villano que parecía salido de una historieta de “Batman”, pero real y definitivamente más inofensivo. Un completo espectáculo viviente. Y claro, esto no ayudaba en nada a las autoridades que trataban de censurar los videos, con poquísimo éxito. Todo indicaba que el caso se iba a quedar sin resolver.  

Cuando alguien quería ayudar en el caso y pedía la ayuda de Goodwill… salía más confundido de lo que estaba cuando había empezado. La primera investigación en años que no tuviera la supervisión del doblecara del “gringo” (conocido por nosotros como el diablo, es decir, el maldito Goodwill) y que fuera completamente aislada, la manejó un joven recién ingresado a la comisaría. Nadie excepto el jefe sabían; así es que nadie lo sospecharía. Un verdadero trabajo encubierto, lo que el joven siempre quiso.

 Pronto el nuevo detective de iniciativa detectivesca se le ocurrió contratar a un hacker para descifrar la locación de la persona que subía los videos. Lastimosamente el hacker fracasó. Sin embargo, se contrató a otro  hacker, que al igual que el anterior, fracasó (aunque este cobró sin escrúpulos el sueldo de su fracaso y con eso, parte dura del presupuesto inicial). Como último intento contrató a un sujeto gordo y de lentes redondos que prometió averiguar a toda costa la fuente del video (ya que estaba amenazado; si no lo hacía no cobraba). Luego de varias empanadas, cigarros, una cerveza y mucha impaciencia, la dirección de donde se había subido uno de los videos más recientes fue averiguada. Era una cuenta de I.P. que estaba anexada a varias computadoras de un mismo local. Todo indicaba que era una cabina de internet, un establecimiento llamado “I@N-TERNET”, que daba alusión al nombre del jefe del local. Claro, pero no sería tan fácil. El seudo detective con iniciativa fue y averiguó lo que pudo, es decir: nada. Ian, con una voz apagada y chirriante, le contó al investigador en cubierto que “La mayoría de mis clientes son jóvenes que no saben hablar con chicas ¿No?” - se ríe -  “y bueno, vienen acá a jugar… a veces a ver porno. A esos chicos los boto y no los dejo entrar nunca más…(silencio)… porque manchan las sillas y el teclado.”

Como digo, nada de información sobre el caso. A parte, el hacker con sobrepeso, que ya había descodificado un segundo video, averiguó que este viene de un lugar completamente distinto. “El bromista no es cualquier tonto” concluyeron. Era imposible atraparlo, o así parecía. Siempre usaba una cabina distinta, y mientras su nombre de usuario sea anónimo no tendrían más información al respecto.  Así que tomó otro camino, decidió tenderle una trampa. Averiguaron sobre las víctimas, sus paraderos y descubrieron que últimamente solo atienta en contra de un sector específico: los transexuales (a pedido del público en internet claro). 

- Entonces solo les daba L.S.D. a los transexuales, no les cambiaba de ropa. - Dijo el inflado Hacker.
- Les pone ropa según su género. Los pobres respondían exaltados al verse nuevamente en su propio sexo.
- ¡Qué enfermo!

¡Esto es terrible! Pero ¿Me creerías si te digo que le pagaron al hacker para vestirse de transexual y caminar la ruta donde comúnmente ataca el maldito? Si yo sé, no me creerías y es porque en verdad no lo hicieron. ¡No hay presupuesto! Lo hizo el encargado de la investigación, el detective con iniciativa detectivesca, el joven encubierto pero medianamente no más, y con ropa femenina; se dispuso a esperar en una de las esquinas donde más atracos se habían dado, a la hora promedio en que se daban y… ¡Pues nada! La primera noche le silbó un sujeto y varios otros lo trataron de contratar. “Tan mal no me iría en esta chamba” pensó, pero no se dejó levantar porque aún le quedaba dignidad y un maldito cabrón por atrapar. Fue difícil, pasó una semana entera vestido como mujer, ya usaba tacos con la habilidad de una modelo de pasarela cuando de pronto se encontró un carro oscuro, con lunas oscuras y un diablo al volante; era la hora. El diablo se bajó por la puerta, el/la detective encubierta trató de sacar la pistola de su cartera brillantina, pero antes de que lo logre, el diablo desenfundó un arma y lo apuntaba a matar. De ahí el joven no recuerda nada, despertó en un parque y sus primeros pensamientos fueron los siguientes:

“¿Cómo salgo de este  zoológico? Espera, no, esto no es un zoológico, esto es un… ¡Waaa!…¡Aah! ¡Aaaaah!”

Fue rescatado y llevado a la comisaría poco después, vestido como hombre por supuesto, ya que el diablo pensó que era un transexual. Pasó dos días en cama recuperándose. Poco a poco fue notando marcas de mordidas en la frente, varios moretones en el cuello, una dificultad extraña para ir al baño y dolor corporal en general. Su dignidad estaba en el piso; al costado de los tacos. Pero ya sabía cómo accionaba, esta noche saldría por él. Pero no lo llevaría a la comisaría, no señor. Se había comprado una máscara de orejas largas y puntiagudas, de dientes afilados, ojos marcadamente irreverentes y dos pronunciados cachos que se hundían en el aire como una larga pinza de escorpión. 











No hay comentarios:

Publicar un comentario