jueves, 10 de octubre de 2013

Walmart


Debajo de su larga cabellera blanca yacía el cuerpo de Argus Robertson, un hombre de ochenta y tantos, amante (o más bien, reciente ex) de Ariana Waltmart. Ambos oriundos de los estados unidos y actuales residentes de la lima peruana que nosotros conocemos.
 Hace ya veinte años que se habían mudado para escapar de un atraco que Argus Roberston le había cometido a su jefe. Resulta que el jefe de Argus, que usualmente lo confundía llamándole Arguson (porque le recordaba a un personaje de un cuento que alguna vez leyó, sobre un jefe que adrede confundía el nombre de un tal señor Argus y lo llamaba Arguson), lo trataba como a un maldito animal de circo. El pobre Argus tenía un trabajo de ocho a cuatro en un Walmart. Horrible ¿No? Y pues, a sus sesenta años, no podía conseguir algo mejor. Intentó postular a diferentes cadenas pero su “Absurdículum Vitae”, como el le solía llamar en broma (y por dios ¡Qué pésima broma!) no lo llevaba a ningún lado. 

Ariana Waltmart, la actual esposa del jefe de Argus (ya que, legalmente, nunca se llegaron a divorciar) y que por mera casualidad tenía ese apellido y no era que su esposo sea el dueño real de Walmart, creaba mucha confusión. Ninguna amiga o amigo del jefe de Argus la llamó alguna vez como Waltmart, con la “T” bien puesta. No señor, eso fue imposible. Ella era la señora Walmart, algo que detestaba profundamente.
Ariana vio en Argus a un pobre trabajador, un gran hombre, pero un pobre trabajador del cual se compadecía. Por otro lado, su esposo era un miserable mujeriego que seducía a cada esperpento que entraba a su tienda. Lo peor es que se vestía con una actitud, de pies a cabeza, de jefe de tribu/macho alfa, aunque el hombre tan solo midiera una cabeza menos que un adolescente promedio y en consecuencia mirara a la gran mayoría de sus clientes de abajo hacia arriba. Lentes de sol gruesos y un bigote bastante poblado eran su máscara, la cual escondía a este repugnante ser que hasta usaba varias medidas más que su talla original de zapato en un intento de seducir con el morbo a la audiencia femenina. Además era costumbre suya usar una media felpuda que enroscaba en su calzoncillos todos los días. Ariana, una mujer lista, atenta y buen moza, lo detestaba. Fue el peor matrimonio al que se pudo ver involucrada y que cuando lentamente fue perdiendo la fe cristiana, mayores fueron sus ganas de divorciarse. Un caso perfecto para dibujar un gráfico inversamente proporcional donde “Y” sería “fe” y “X” vendría a ser “ganas de continuar casada”. 

Ariana solía hablar con Argus Roberston dentro del trabajo, fuera de él y claro, también durante sus larguísimas sesiones amorosas que para dos personas de su edad, en proporción, resultaban olímpicas. Argus era un hombre resistente en el campo venus, era como un vibrador biológico, mágico y en cocaína. ¡Maldita sea! Sorprendentemente nadie se daba cuenta. Eso que te acabo de decir es mentira, porque en verdad todos se daban cuenta. Todos, toditos, menos el jefe de Argus, que obviamente estaba ocupado seduciendo a cuanta silueta femenina entrara en su local. 
No sé si debería contarte esto, aunque creo que ya no me queda de otra. Argus y Ariana… mataron al jefe de Argus. Técnicamente Argus lo mató. Te imaginarías que a parte de sexo-maniaco y cuasi pedófilo, el jefe de Argus era un gran bebedor y un viejo obstinado y violador, y que, por venganza o defender a Ariana, Argus lo mató a puñetes o algo así. Eso es lo que te imaginarías, pero no fue así. 
Resulta que Ariana y Argus tenían sexo en el automóvil del jefe de Argus, que se estacionaba en la parte trasera de la tienda en un callejón donde a lo máximo se echaba un vagabundo; el cual siempre se ganaba con toda la faena sexual. Era un viejo barbudo y pervertido, si le hubieras preguntado te diría que era como ver porno pero en vivo. Bueno, resulta que el jefe de Argus por fin logró seducir a una joven que decía tener dieciocho años y era algo bonita, digo, gordita. Concretó su acto don juanesco diciéndole que deberían escuchar música en su carro, un disco de James Brown que estaba bastante de moda en la época. La joven, semejante a un panetón, atracó, y el miserable sujeto se la llevó por la puerta de atrás. Cuando la chica salió, el jefe de Argus trató de besarla inmediatamente, la chica espantada intentó soltarse y comenzó a gritar. Simultáneamente, los gritos de desesperación del  rechoncho dulce horneado alarmaron a la pareja infraganti, que inmediatamente subieron sus costuras; en un intento desesperado de escape, después de alertar que pasaba, Ariana arranco el carro y pues atropelló a su marido. Fue algo completamente casual, la gordita trataba de escaparse, el jefe esposo la perseguía y la señora Waltmart arrancó sin ver. "Sin ver". Los dos bajaron a ver y Argus sugirió ávidamente, ya que el señor esposo de Ariana jefe de Argus se encontraba en la mitad del carro (lo cual no lo dejaba respirar), que Ariana retrocediera. Al hacerlo, pasó por encima del cráneo del señor esposo y lo mató. Nadie podía asegurar si fue a propósito o no pero Argus asumió la culpa por completo. Pobre ingenuo. 

La chica panetón lo había visto todo y salió corriendo. Parecía medianamente contenta pero a la vez bastante asustada, nada aseguraba que no le contaría a nadie. “¿Y qué tal si nos vió? Sería un desastre” pensaría luego Ariana. La señora Waltmart (con “t” bien puesta) sugirió hacer un cambio. Mudarse ¡Pero ya! Era sencillo, cuestión de obtener la clave a la cuenta del pedófilo bigotudo y llevarse todo lo que había ahorrado en los últimos veinte años. Eso, y estaban listos para vivir como millonarios. Pero no podía ser en los estados unidos, según Argus el gobierno norte-americano los encontraría en cualquiera de los estados pertenecientes así que no podía ser cerca. Ariana por su lado había escuchado que en los países sud-americanos todo estaba más barato.

- La verdad no es que Perú tenía algo en especial - díria Argus con un fuerte acento gringo - hicimos como una ruleta. Lo echamos a la suerte.

No te voy a seguir contando de sus vidas, no vale la pena. Cómo despilfarraron el dinero que se llevaron de la cuenta del esposo/jefe pedófilo es minucioso y aburrido. Lo que importa es lo siguiente: Argus y Ariana se comenzaron a odiar. Fue algo progresivo que llegó a cruzar el límite de lo insoportable. No se sabe si fue el entupido tráfico o el permanente y melancólico cielo limeño, pero así resultó, se detestaban y aunque los dos se querían separar había una riquísima cuenta de por medio. “Claro, pero porqué no separaban la cuenta en dos?” pensarás. Bueno, es que Ariana se había gastado mucho más dinero que Argus, y él la resentía ya que es un "tacaño desmedido" (en palabras de Ariana). Además, la señora Waltmart no quería darle la mitad del dinero a Argus ¡De ninguna manera! Ella quería quedárselo todo. Así que un día se le acercó cuando llegó a casa y le dijo:

No te quiero ver más. Ha sido un viaje extraordinario pero si te veo mañana en casa te mato. No te aguanto. No te aguanto un carajo Argus.

“Carajou”. Se lo dijo en español masticado. Sabía que a su maquina sexual le gustaba el acento y quería que suene medianamente ameno, pero no contaba en que su amante nunca captó el mensaje y que en general, jamás había entendido el idioma. Y dios, eso resultó en lo peor.  Ariana, una mujer de su palabra, trajo un revolver al día siguiente y le descargó en el pecho dos balazos que retumbaron el pequeño edificio miraflorino. Luego empacó una maleta y se fue. 
Hermosa Ariana, a sus ochenta años de edad, con el pelo largo y blanco, en una moto grande y negra, con rumbo a donde la lleve el destino y una maleta roja que decía Walmart, que contenía todo el dinero de la empresa y a la que le había dibujado una "T" con plumón negro indeleble para asegurarse que jamás se borrara. 





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