domingo, 20 de octubre de 2013

Flor de loto



Era el primer año que el pueblo tenía internet; lo habían instalado hace poco y, como todo, era un bien compartido. Había un modem por cada diez casas pero eso no era un problema, la mayoría no utilizaba una computadora. La residencia de Julio era una de las excepciones, su padre había adquirido dinero de una manera que no puedo detallar en este momento. Su padre sabía que él vivía pendiente de la tecnología. Era común de Julio revisar en la computadora lo más novedoso y divulgar sus hallazgos en la conversación de sobremesa. Fue por eso que le regaló un celular con una computadora adentro. Según lo que me han contado son el único tipo que fabrican ahora.

Su madre, como era de esperarse, estaba absolutamente preocupada. Julio siempre había sido un muchacho introvertido y era un error creer que la computadora celular iba a ayudarlo. “Sería un delito no darle a mi hijo lo que más le apasiona” pensaba su padre; y era tan difícil cambiar su postura. Una vez que pensaba en algo, la idea reposaba en su mente como una piedra de quinientos kilos. La madre sabía que ese aparato remarcaría los hábitos misóginos de su hijo, y si no era capaz de convencer a su esposo de eliminar el celular computadora, al menos debía llevarlo para que alguien lo trate.

 El psicólogo del pueblo no tenía título profesional, pero tampoco era un chamán ni nada de eso. Los chamanes envuelven el aire y te lo venden; te inflan un globo que a la semana se desinfla. Este señor no era así, hasta tenía un estilo freudiano. No es que apoyara sus teorías en Freud sino que se parecía a él, pero más pequeño y robusto. Un Freud gordito, moreno y chato: como una caricatura de Freud; sin intención de desprestigiar a ninguno de los dos señores. Me gustaría tener una foto para mandártela, su imagen es simplemente espectacular. 

“Necesita revisar todo lo que hace con los demás. Dependencia. Excesiva necesidad de aprobación y falta de confianza en si mismo.”

Era lo último que el psicólogo había escrito sobre Julio. Sabía que sufría una enfermedad mental: estaba obsesionado con su perfil en una red social que contenía a sus pocos amigos, y en gran parte, a muchos desconocidos. Con ayuda de la web confabulaba la imagen de una vida perfecta. Era como la utopía que se ve en un comercial de televisión: donde todos sonríen y los buenos siempre ganan. Una vida que es difícil no querer vivir;  una fantasía conveniente aunque inalcanzable. 

Julio no solo pasaba horas revisando la página web sino que malgastaba su tiempo tomándose cientos de fotos hasta considerar que una estaba apta para ser subida a su perfil on-line. Esto aborrecía a su madre hasta el cansancio; no aguantaba que su hijo sea incapaz de relacionarse con los demás jóvenes de su edad, los cuales jugaban en las calles como se acostumbraba en el pueblo. Era definitivo: el aparato lo había hipnotizando. Tanto así, que cuando realizaba una actividad, fuese cual fuese ¡La foto-documentaba y la subía a la página web! Le tomaba fotos a su comida, al cielo, e incluso a su rostro cuando le salía un grano; todo era expuesto a un público on-line que en su mayoría poco le importaba las aburridísimas “aventuras” de Julio. Sin embargo él seguía. Era una unión casi biológica: el celular computadora era un órgano más de su cuerpo biónico. 

La madre, preocupada hasta el cansancio, arrancó el modem de su cuadra y lo arrastró afuera del pueblo; donde lo boto al río que cruza debajo del puente. Tomó mucho tiempo hasta que alguien (además de Julio) note la falta. Para los vecinos el asunto concluyó en el misterio y el chisme, no en una investigación. 

Desde entonces, Julio paraba en la otra esquina a dos cuadras de su casa: sentado en la banca del desértico paradero viendo vidéos, tomando fotos y chateando. Era invierno y no le importaba estar afuera para obtener señal; varias veces se había enfermado. Una noche llegó con fiebre, mareos y vómitos: tuvo que pasar varios días en cama. Su madre aprovechó el descanso y rompió el aparato. Dijo que se había caído pero la verdad es que lo tiró al piso con fuerte intención. Para asegurarse de que había muerto, saltó y lo pisó como a una cucaracha ¡Y con los dos pies a la vez! La pantalla se volvió completamente ilegible. Cuando llegó su marido, consternado por la perdida del costoso artilugio, le preguntó sobre el accidente y ella le dijo que se había tropezado y caído con el aparato. Él sabía que no era así, que lo más probable era que lo había malogrado a propósito pero no tenía pruebas y carecía de suficiente estabilidad matrimonial para financiar esa costosa batalla.  

Desde entonces era evidente que Julio no era el mismo. Hace mucho que su conciencia se subió a un mail y se envió lo más lejos posible de la bandeja de entrada. Era parte del mundo electrónico, de imágenes y luz, conversaciones escritas en un rollo infinito. La ciudad estaba fuera del alcance de su antena: era un lugar oscuro y lento, enredado, aburrido, doloroso y feo. “Especialmente feo” pensaba.

Pasaron años de terapia con el Psicólogo Freudiano para sanar la aversión que sentía; había una costra infectada que no le dejaba emprender camino. Fue aprendiendo,  hasta que poco a poco el cerebro pudo desenvolver sus tentáculos y expandirse lentamente por la superficie de la realidad. Como una enredadera fue abrazándola y creciendo en similitud a su forma. Desde ahí no pasó mucho hasta que del hueco de la herida emergiera una bellísima flor de loto.









1 comentario:

  1. "Una vida que es difícil no querer vivir; una fantasía conveniente aunque inalcanzable." La teoria del sueño americano, evidentemente revisada.

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